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Alcornoque (7) - Ya tendrá tiempo mañana de admirar la catedral a plena luz sin espantar a los pájaros ni a las parejas de enamorados.

El planalto mirandés
De vuelta a la carretera, donde le espera su coche, el viajero mira al cielo. Está oscuro, como un pozo, y quieto como los huertos. Definitivamente, la noche está a punto de llegar.
Pero todavía se ve. Entre dos luces, como en Sendim, que queda allá, a la derecha, pero lo suficiente aún para distinguir aquéllos. Todavía se ven, incluso, campesinos trabajando entre las cercas. En este tiempo, hay que aprovechar.
Y, la verdad, aprovechan las gentes de estos lugares. En dirección a Miranda, que cada vez está ya más cerca, el viajero se cruza aún con bastantes hombres que aprovechan hasta el último momento; unos regando los huertos, otros trillando en las eras, otros cuidando sus vacas y otros, como éste de aquí, acarreando centeno. Aunque la mayoría están recogiendo.
Recogiendo, aunque a su modo, va ahora también el viajero: recogiendo sus recuerdos. Cae la noche en Portugal y, con ella, un día más: el cuarto, ya, de su viaje y el penúltimo quizá. Si todo va como piensa, mañana, a estas mismas horas, habrá llegado a Bragança.
Pero aún le queda Miranda. Y, antes, cruzar el planalto. Esta meseta pelada y llena de pueblos viejos que se mete como un lóbulo en España y que cortan por el norte las montañas de Alcañices, ya en Zamora, y, por el sur, el tajo del Duero. Que es el río que aquí marca la raya desde hace siglos.
En realidad, el planalto empezó ya más atrás (en Sanhoane, o en Brunhosinho, o, antes aún, en Variz), pero se acentúa ahora, entre Sendim y Fonte d’Aldéia. El pueblo, que es muy pequeño, como los huertos que tiene al lado, apenas se ve al pasar, pero, a su alrededor, el campo se extiende hasta el infinito. Hasta Picote, por la derecha, y hasta Silva y Vilar Seco, por la izquierda. Campos de robles y de alcornoques, plantados hace ya siglos, que se extienden a lo largo del camino y de kilómetros de dehesas. Al final, está Miranda, colgada sobre el río Duero como si fuera la proa de una gran nave de piedra.
Pero, antes, hay más pueblos. Duas Igrejas, por ejemplo. Un pueblo grande y famoso, y típico de esta tierra (el más típico quizá: de aquí son los pauliteiros), pero que, ahora, al anochecer, parece una aldea más. Un cementerio de coches, algunos hombres con burros, otro subido en un carro y varios veraneantes que pasean aburridos por las calles serán, pasados los días, lo único que recuerde. Eso y los arcos de bienvenida que señalan que el lugar ha estado en fiestas (las de Nossa Senhora do Monte, que es la patrona local, según dicen los carteles) y, por supuesto, las dos iglesias (una románica, pura, y la otra más moderna) que dominan el paisaje desde un monte —¿de ahí el nombre de la Virgen?— y que, al parecer al menos, le han dado el suyo a este pueblo.
A Cercho, que está seguido, a saber quién se lo dio. Como a Picote, o a Vila Chã, que quedan a la derecha. Los dos ya al pie de la raya, asomados al pantano del primero; que es ya el segundo, no obstante, que le han hecho en Portugal al río Duero. El primero está en Miranda y es todavía mayor.
En el siguiente pueblo, Vale de Mira, Miranda ya hace su aparición. Primero, a través de anuncios (los de sus restaurantes y sus hoteles) y, luego, ya, de verdad: con sus torres y sus luces recortándose en el cielo de repente. Pero todavía está lejos. Antes, hay que atravesar dos valles, con sus correspondientes campos y granjas, y, luego, tomar el cruce que lleva hacia la ciudad. Un puente, el del río Fresno, que vierte al Duero ahí abajo —y que aún conserva a la entrada una antigua caseta de aduaneros (de cantoneiros, dice la placa)— y el viajero ya está en ella. En la nueva, que la vieja queda a un lado, oculta tras sus murallas.
Miranda, a primera vista, es ya una ciudad auténtica. No por lo grande, que no lo es (al revés, es muy pequeña: unas dos mil personas la habitan, según las guías del viajero), pero sí por su apariencia. No en vano Miranda es la capital de esta zona perdida al norte de Portugal y la puerta de salida y de entrada para España. Y no es ninguna metáfora, pues la raya está aquí ya.
Pero Miranda, hoy, está en fiestas. Se lo dicen al viajero los arcos de bienvenida, que están todos ya encendidos, y la gente que pasea por la calle principal, que es la propia carretera. Lo cual, en vez de alegrarlo, hace temblar al viajero. Si la ciudad está en fiestas, como sin duda parece, quizá no encuentre donde dormir. Y eso, con el día que lleva, no lo quiere ni pensar.
Pero su alarma estaba infundada. La ciudad está en fiestas, en efecto, y además son vacaciones, o sea, temporada alta, pero en la Pousada de Santa Catarina hay aún habitaciones libres. Es cara, sin duda alguna, pero merece la pena. Lo primero, por no andar buscando otra y, lo segundo, por los servicios que ofrece. Sobre todo, por las vistas que permite del río Duero.
Es un paisaje imponente. Desde la terraza de su habitación, por la que se esparcen ya amontonadas las maletas y las guías del viajero, éste contempla extasiado la caída de la noche sobre el río. El Duero, que va allá abajo, encajado en un cañón de roca viva, parece un juego de luces de tantas como ahora mismo van a morir en sus aguas. Unas son las de Miranda, que está colgada sobre él (a un lado, la ciudad nueva y, al otro, la amurallada), y las otras las farolas de la presa, por la que la carretera que va hacia España cruza la raya y el río. Aunque, desde hace ya unos años, la frontera sólo existe en los carteles.
Desnudo, como la noche, y apoyado en la baranda del hotel, el viajero mira el río y se deja llevar por sus recuerdos. Los grillos, que llenan todo, y el reflejo de las luces sobre el agua le transportan poco a poco hacia Zamora, y hacia Toro, y hacia Aranda, y hacia todas las ciudades de Castilla por las que lo vio pasar un día, y, luego, en sentido opuesto, hacia Pinhão y hacia Régua. ¿Qué será ahora de ellas? ¿Cuánta gente estará ahora mirando el río como hace él? Seguramente, en Duruelo, donde el Duero se hace río entre pinares, estará lleno de juncos, igual que cuando él lo vio, y en Soria olerá a tomillo, y en Almazán a romero. Y, en Berlanga, más abajo, saltarán truchas de musgo, lo mismo que en San Esteban. En Roa olerá ya a vino, lo mismo que en Peñafiel. Y en Pesquera, y en Valbuena, y en Tudela, y en Sardón, y en todas las poblaciones que va dejando tras él, la gente estará mirándolo, igual que todas las noches, mientras en las bodegas arden las brasas en las que las chuletillas se hacen, como el vino, a fuego lento…
De sus recuerdos le saca un gran fuego artificial: una gran barra de luces que revienta de repente sobre el río igual que el día de Régua. Y, luego, un par de cohetes que retumban en las hoces como truenos. Son las fiestas, que ya empiezan y que llaman a la gente a participar en ellas.
Pero el viajero aún debe cenar. Desde que comió en Macedo, han pasado ya diez horas y el estómago le grita igual que una gata en celo. Así que se viste rápido y se va a aplacar sus gritos a O Mirandés, a cien metros, una casa de comidas antigua y de gran solera que está enfrente del hotel y que, según un vecino, es la mejor de Miranda; o, por lo menos, la más auténtica (Cozinha típica mirandesa, dice un cartel a la puerta). Lo sea o no, el bacalao y la posta de vitela á mirandesa que le sirven, junto con un vinho verde de Penafiel y una tarta de naranja recién hecha, le resarcen de las penas del camino y de las hambres que, anoche, le obligaron a pasar en Mirandela. Lo único malo del sitio es que, al estar en la raya, está lleno de españoles. Hasta la dueña habla en español de tanto tratar con ellos.
—¿Quiere un orujo? —le dice, al traerle la cuenta.
—Bueno. Si se empeña… —concede, amable, el viajero.
Con el estómago en paz y el alma ya más tranquila, el viajero se va luego a ver Miranda. La vieja. La amurallada. La del rosario de calles y casas llenas de escudos que se arraciman entre el castillo y la vieja catedral. Tanto uno como otra están ya fuera de uso (uno porque está en ruinas y la otra porque ya no tiene obispo; se lo arrebató Bragança, igual que su episcopado), pero, entre ellos, viejas mansiones y blasones y panoplias solariegas hablan de la grandeza que tuvo Miranda cuando aún lo era. Exactamente, entre 1545, fecha de fundación de la diócesis (y de la concesión a Miranda del título de ciudad), y 1780, cuando su último obispo se fue.
La plaza, las viejas casas, los comercios donde compran los turistas españoles los manteles y las colchas cuando vienen de visita (en autobuses, como rebaños), miran pasar al viajero igual que en el siglo XV, que fue cuando las construyeron. Todas con piedra de Caçarelhos, que es la mejor del país, y todas siguiendo el estilo característico de la época: con grandes arcos y cresterías y con enormes rejas de hierro. Algunas, como en la plaza, están cuajadas de flores, signo evidente de que siguen habitadas, pero otras están desnudas y con las puertas y las ventanas cerradas a cal y canto. Deben de ser oficinas o edificios oficiales y museos.
La noche, los soportales, las callejas solitarias y sombrías, el soportal del Ayuntamiento, todo remite a los viejos tiempos. Sobre todo, ahora, que están vacíos, pues la gente está en el baile del paseo. El viajero, paso a paso, atraviesa la ciudad sin cruzarse apenas nadie en su camino. Sólo los perros y algún guardinha que vigila en solitario los portales de las casas mientras sus habitantes están de fiesta.
—Boas noites!
—Boas noites! —le responden al viajero, cuando pasa, los dos del Ayuntamiento.
La catedral de Miranda está al final de la cuesta. Erguida como un castillo en medio de sus jardines y toda entera de piedra. Como la plaza, está muy cuidada y, como toda Miranda, iluminada de arriba abajo. No en vano aquí está la presa que da energía a la zona y que, de paso, y al tiempo, la sacó de su aislamiento: como la carretera pasa por ella, la gente ya no tiene que viajar hasta Bragança como antes para poder cruzar hacia España.
Pero no hay nadie. Sólo los pájaros en la arboleda y una pareja de novios a la que el viajero espanta también, como a los pájaros, sin pretenderlo. Estaban a contraluz, arrimados al pretil de la muralla, y a poco choca con ellos. Así que se da la vuelta y, por el mismo camino, regresa sobre sus pasos en dirección a la fiesta. Ya tendrá tiempo mañana de admirar la catedral a plena luz sin espantar a los pájaros ni a las parejas de enamorados.
En el paseo, por contra, la fiesta está en su apogeo. No hay mucha gente, pues no es día grande (lo será el domingo próximo, parece), pero la orquesta toca con brío. Son músicos de la tierra. Siete músicos locales, con instrumentos también de aquí (acordeones y triángulos, aparte de las trompetas), que tocan en un templete levantado en el paseo que comunica las dos ciudades, la nueva y la amurallada, y que ahora, según parece, es el centro de las dos.
Pero la orquesta no es la atracción. La atracción en este instante, cuando el viajero llega a la fiesta, es un borracho que baila, con la camisa en la mano, en medio de las parejas. Debe de ser muy famoso porque todos le jalean. El problema es que el borracho se anima tanto con ello que comienza a desvestirse (primero la camiseta, más tarde las zapatillas y después los pantalones), sin dejar de bailar mientras lo hace. Menos mal que, en este punto, cuando empezaba ya con los calzoncillos, aparece su mujer en el paseo. Le cuesta hacerle entrar en razón. Pero, entre ella y los dos guardinhas que contemplaban el baile mezclados entre la gente, lo visten y se lo llevan como si fuera un cordero. Pobre hombre, dice alguien, pensando en la que le espera.
El viajero, divertido (como el resto de la gente), le ve partir hacia casa y, luego, se va él también. Son las doce de la noche y hoy ha sido un día muy largo.

Julio Llamazares
Trás-os-Montes
Un viaje portugués

Con esta obra centrada en la comarca de Trás-os-Montes, Julio Llamazares regresa a la literatura de viaje, donde su talento narrativo y su profunda capacidad de observación del paisaje brillan con toda su fuerza. La carrera de Julio Llamazares ha ido cubriendo etapas de un modo peculiar, que en cierto modo recuerda la de Álvaro Mutis. Sus dos primeros libros, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982), marcaron un hito imborrable en la historia de la poesía española reciente. Luego, la publicación de Luna de lobos (1985) y La lluvia amarilla (1988) hizo de su autor un verdadero nombre clave en la novelística española más reciente. Traducido a otras lenguas europeas y muy querido de los lectores, con quienes se mantiene en contacto permanente gracias a sus colaboraciones periodísticas, Llamazares es en este momento uno de los autores españoles vivos más importantes.
Junto al propósito de romper con el aislamiento histórico de esta comarca lusa, se impuso la tarea de escribir un libro a ritmo de fado. «He intentado transmitir ese ritmo y esa cadencia. No he querido hacer una guía; las llevaba en el bolsillo y las consultaba cuando las necesitaba, pero no trataba de descubrir nada. Quería dar mi visión de Trás-os-Montes, de Portugal y de la propia idea del viaje. Todo viaje es interior, y especialmente los que se realizan con voluntad literaria».
Llamazares distingue entre el viajero y el turista que viaja por pasión o por capricho. «Me he pasado la vida viajando a ningún sitio, y así voy a seguir, cogiendo el coche y desviándome por las carreteras secundarias».
Cautivado por la prosa de Miguel Torga y Camilo Castello, nacidos en esta región portuguesa, decidió escribir este pequeño homenaje a un país al que los españoles hemos dado la espalda. Trás-os-Montes es como la mayor parte de su literatura, un homenaje a esas gentes que no abandonan los lugares a los que pertenecen y a las personas que se fueron, a los emigrantes que vuelven cada verano por querencia. «Me he erigido en defensor de los pobres y de los olvidados. Esa gente sobre la que nadie escribe».

Alcornoque (6) . Las huellas de los templarios

Las huellas de los templarios
Soutelo es un pueblo grande. Y antiguo, como Chacim. Pero el viajero pasa de largo igual que la carretera. Se ve que le da lo mismo que haya pueblos o que no.
El viajero está cansado. El viajero, a estas alturas, después de tantos kilómetros, está ya tan aburrido que no quiere ver a nadie. Sólo piensa en llegar a Mogadouro, que debe de estar ya cerca. Y, además, ¿a qué parar? Desde la carretera, ya ha visto el pueblo: casas nuevas, de emigrantes, junto a las viejas, que son de piedra. Desde aquí hasta Mogadouro, ya tendrá tiempo de ver muchos pueblos como él.
A la salida del pueblo, que queda allá, en la colina, en medio de unos castaños, los alcornoques vuelven a acompañarlo. Son rojos, como la tierra. Y duros como el paisaje, que ahora se inclina hacia el sur. En Soutelo, al parecer, la carretera llegó a su techo y ya empieza a descender hacia el río Duero. Pero todavía quedan varios kilómetros antes de llegar a él. Kilómetros de dehesas y alcornocales, algunos ya sin corteza, entre los que la carretera pasa como si fuera otro arroyo seco.
Y otro pueblo; de buen nombre (Vale da Madre se llama), muy parecido a Soutelo. Aunque es mucho más pequeño. Un hombre, junto a un camino, está arreglando una cerca. Es la primera persona que el viajero se ha cruzado en mucho tiempo.
—Boas tardes!
—Boas tardes! —grita el hombre, al que quizá le sucede igual: no parece que circulen muchos coches por aquí.
El saludo, aunque lejano, le devuelve el optimismo. Estaba ya acongojado de ver tanta soledad. Y, además, ya se aproxima al punto de su destino: Mogadouro, el pueblo antiguo y templario en el que la carretera muere antes de coger la ruta que lleva hacia la frontera. Allí podrá hacer un alto y olvidarse de sus penas.
Pero el viajero propone y el camino le dispone. El viajero ya había visto Mogadouro, erguido sobre una loma, en medio de las montañas, pero antes un letrero le hizo desviarse a la izquierda: Azinhoso, Igreja românica (Séc. XII), indicaba entre los urces.
El viajero no se puede resistir a algunas cosas. Y una de ellas es ésta: una iglesita románica perdida en medio del monte o en los alrededores de cualquier pequeña aldea. El viajero está convencido de que toda la belleza imaginable en este mundo se encuentra en estas iglesias.
Así que allá marcha ahora, con el corazón en vilo, dispuesto a vivir de nuevo esa bendita experiencia. Porque todas las iglesias de este estilo son distintas. Todas tienen en sus piedras la huella de sus autores, aunque parezcan iguales. El viajero lo ha comprobado mil veces a lo largo de sus viajes por Europa y siempre ha sentido en todas la misma intensa emoción: la de sentir el latido del hombre bajo las piedras.
Por eso, ésta de Azinhoso no la olvidará jamás. Pequeña, como la aldea, sencilla hasta el primitivismo y con un atrio en ruinas que es la antesala del cielo; y eso que ya sólo quedan las columnas, y no todas. Sin duda, debió de ser un pórtico impresionante.
—Eso dicen —dice un hombre, que, a lo que se ve, está ya habituado a verlas.
La señora María da Luz, que es la encargada del templo, lo enseña, en cambio, como a una hija. Sabe que tiene una joya bajo su responsabilidad. Incluso sabe algo más. Que es templario, como el pueblo. Se lo dice al viajero con orgullo mientras le enseña los símbolos característicos de la Orden que hay en varias de las piedras.
—Mire, aquí hay más —dice, rodeando la iglesia.
Pero el viajero está emocionado contemplando el pelourinho y las columnas. Son tan bellas y sencillas que parecen de mentira. Y todas son diferentes. Como las gárgolas, que están completas y representan cada una de ellas también motivos distintos. Animales, sobre todo, y figuras mitológicas.
—La gente dice que es lo mejor —le explica María da Luz, abriéndole ya la puerta.
La señora María da Luz, que estuvo emigrada en Francia, pero que ha vuelto a Azinhoso, es despierta e inteligente. Morena y de edad mediana (cincuenta y cinco años confiesa), se la ve con más estilo que a sus vecinas del pueblo. Y cuida bien de la iglesia. Ahora está en restauración, pero estuvo, según dice, muchos años olvidada.
—¿Y el cura? —dice el viajero.
—No hay —le dice María da Luz, aunque en seguida corrige, no vaya a ser que se ofenda—. Bueno, hay uno: don Antonio. Pero vive en Mogadouro.
—¿Y no viene a verla nunca?
—Sí, hombre, todos los días —dice la mujer, sonriendo; y añade, llena de orgullo—: Es muy joven. No llegará aún a los treinta.
—Entonces —dice el viajero—, tienen cura para rato…
—Dios le oiga —dice ella.
La iglesita, en su interior, no guarda grandes tesoros; al contrario, es más bien pobre, comparada con otras de su estilo: una pila, algunos frescos, un púlpito y un sepulcro es todo lo que conserva. Eso y la imagen de Santa Bárbara, a cuya advocación se acoge y a la que sacan en procesión cada cuatro de diciembre. Así que, en cuanto la ha visto, el viajero vuelve fuera. Prefiere ver las columnas a la soledad de dentro.
—La pena es que faltan varias —le dice María da Luz, saliendo también con él.
Pero al viajero le basta con las que quedan. Le bastan para mirarlas y para imaginar las otras. Sin duda, debió de ser un pórtico impresionante.
—Pues, si le gusta esto —le dice María da Luz, llegando ya al cementerio—, tiene que ver el castillo de Penas Roias. También es de los templarios.
—¿También?
—También —dice la mujer, que parece que sea hija del Temple. Desde que llegó el viajero, no ha parado de hablar casi de ellos.
—¿Y qué hacían aquí los templarios? —le pregunta el viajero para ver.
—¡Ah, eso ya no lo sé! —exclama María da Luz, cuyo conocimiento de los templarios se limita solamente a su presencia en estos pueblos.
Pero el viajero está tan contento que decide hacerle caso. Al venir hacia Azinhoso, ya vio el letrero de Penas Roias, al lado del de la iglesia, lo que quiere decir que está aquí cerca. Y, además, todavía es pronto para la prisa que tiene él. Mogadouro está ya a un paso y Miranda no muy lejos.
—¿Y qué es mejor, el castillo de Penas Roias o esto?
—¡Esto, hombre! —dice ella, sin dudarlo—. El castillo son tres piedras.
Y no le falta razón. El castillo de Penas Roias, al que el viajero llega en seguida siguiendo la carretera (está apenas a diez minutos de Azinhoso), son ya, en efecto, tres piedras: un torreón desdentado con unos trozos de muro erguido en una colina expuesta a todos los vientos. Pero también merece la pena. Sobre todo por las vistas que desde él se deben de ver y por visitar el pueblo.
—Es pequeño.
—Ya lo veo.
Es una aldea de cuento; la típica aldea rayana perdida entre las montañas y dormida aún en el tiempo, que es como decir la muerte. Casas viejas, de pizarra, y corrales para ovejas se agolpan entre sus calles y en sus estrechas callejas. Y, por ellas, los vecinos, trabajando como siempre. Unos llevando las vacas, otro un brazado de hierba, otros dos en una era (limpiando un montón de trigo) y una mujer con un hierro del que cuelga la placenta de una vaca que ha debido de parir hace muy poco. Estampas de un tiempo antiguo que todavía pervive en estos pueblos perdidos y que desaparecerá muy pronto. Tan pronto como ellos mueran.
—¿Cuántos vecinos quedan?
—Pocos. Ahora, en verano, muchos; pero en el invierno pocos —le responde una señora que está al lado de la fuente.
—Pero usted no vive aquí…
—No, vivo en Francia —le responde la señora, que ya habla con cierto acento.
Su vecina, sin embargo, nunca ha salido del pueblo. Es vieja, como su casa, y, como ésta, viste de negro. Se ve que ni una ni otra han cambiado en todo el siglo.
—¿Cómo se llama?
—¿Quién, yo? Nérida —dice la mujer, riéndose.
—¿Y siempre ha vivido aquí?
—Aquí, en esta casa —le responde con orgullo, aunque fingiendo cierta vergüenza: la casa está ya tan vieja que parece que se va a caer a pedazos.
—Es muy bonita —dice el viajero, halagándola.
—Sí, para verla —responde ella.
Su vecina, la francesa, se acerca a donde están ellos. Viene buscando la sombra y, sobre todo, conversación.
—¿De dónde viene? —le pregunta al forastero.
—De Chacim —responde éste.
—¿De Chacim?
—Bueno, de Chacim, de Régua, de Vila Real, de Chaves… Estoy recorriendo esto.
—¿Y le gusta este país?
—Mucho —dice el viajero, sonriendo—. ¿Y a usted?
—¿A mí? —pregunta ella, sorprendida—. Bueno…
—O sea, que no le gusta —dice el viajero, picándola.
—Es muy pobre —dice ella.
—¿Cuántos años lleva en Francia?
—Veintitrés.
—¿Y hay muchos más de aquí allí?
—¡Uf! La mayoría. Más de la mitad del pueblo.
—¿De éste sólo?
—De éste y de los demás. La mitad de la gente de esta zona estamos ya todos fuera. Mi marido, por ejemplo, es de Travanca y de Travanca la mitad están también en Francia.
—¿Y vuelven todos por el verano?
—La mayoría —responde ella.
—La saudade… —dice el viajero, sonriendo.
—Claro —responde ella con pena.
Calle arriba, otra señora, ésta ya junto al castillo, también está de paseo. Se ve que unas, por emigrantes, y las otras, por ancianas, no tienen mucho que hacer.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—¿Por dónde se sube allí? —le pregunta el viajero, por el castillo.
—Por ahí —responde ella.
—¿Por ahí?
Es una cuesta imponente. Un plano tan inclinado que parece una escalera para el cielo.
—¿Seguro que por ahí?
—Seguro —responde ella.
Y por allí es, ciertamente. Aunque le duela al viajero. Pero tampoco es tanta subida y, además, vale la pena. Desde lo alto del castillo, se ve todo Penas Roias y los montes que rodean sus tejados hasta donde se termina el cielo.
El viajero, impresionado, cuando por fin llega arriba, se sienta junto a la torre y, durante varios minutos, deja que su vista vuele. Se está muy bien allá arriba, lejos del mundo y sus pompas. Y, si se escucha con atención, se puede oír el silencio. Aunque, de vez en cuando, también, se escuchen voces lejanas y sonidos de animales y de carros. Si no fuera por los coches, se diría que este pueblo sigue aún en la Edad Media.
—¿Qué, le gustó el castillo? —le preguntan las señoras cuando vuelve.
—Sí, pero no vi a los templarios —dice el viajero, sonriendo.
—¿A quién?
—A los templarios.
—¿A quién?
—Nada, no importa —dice el viajero, alejándose y despidiéndose a toda prisa no vaya a ser que se ofendan. Con lo gentiles que han sido, no querría que pensasen que se está riendo de ellas.
Pero la duda ya está sembrada:
—¿Por quién preguntaba ése? —Oye que pregunta una.
—No sé —le responde otra—. No debían de ser de aquí.

Julio Llamazares
Trás-os-Montes
Un viaje portugués

Con esta obra centrada en la comarca de Trás-os-Montes, Julio Llamazares regresa a la literatura de viaje, donde su talento narrativo y su profunda capacidad de observación del paisaje brillan con toda su fuerza. La carrera de Julio Llamazares ha ido cubriendo etapas de un modo peculiar, que en cierto modo recuerda la de Álvaro Mutis. Sus dos primeros libros, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982), marcaron un hito imborrable en la historia de la poesía española reciente. Luego, la publicación de Luna de lobos (1985) y La lluvia amarilla (1988) hizo de su autor un verdadero nombre clave en la novelística española más reciente. Traducido a otras lenguas europeas y muy querido de los lectores, con quienes se mantiene en contacto permanente gracias a sus colaboraciones periodísticas, Llamazares es en este momento uno de los autores españoles vivos más importantes.
Junto al propósito de romper con el aislamiento histórico de esta comarca lusa, se impuso la tarea de escribir un libro a ritmo de fado. «He intentado transmitir ese ritmo y esa cadencia. No he querido hacer una guía; las llevaba en el bolsillo y las consultaba cuando las necesitaba, pero no trataba de descubrir nada. Quería dar mi visión de Trás-os-Montes, de Portugal y de la propia idea del viaje. Todo viaje es interior, y especialmente los que se realizan con voluntad literaria».
Llamazares distingue entre el viajero y el turista que viaja por pasión o por capricho. «Me he pasado la vida viajando a ningún sitio, y así voy a seguir, cogiendo el coche y desviándome por las carreteras secundarias».
Cautivado por la prosa de Miguel Torga y Camilo Castello, nacidos en esta región portuguesa, decidió escribir este pequeño homenaje a un país al que los españoles hemos dado la espalda. Trás-os-Montes es como la mayor parte de su literatura, un homenaje a esas gentes que no abandonan los lugares a los que pertenecen y a las personas que se fueron, a los emigrantes que vuelven cada verano por querencia. «Me he erigido en defensor de los pobres y de los olvidados. Esa gente sobre la que nadie escribe».


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